domingo, 28 de febrero de 2016
domingo, 21 de febrero de 2016
Marina la paraulata
Le puse por nombre Marina como mi bella prima gallego-gaditana.
Marina hablaba el lenguaje del viento; por eso, cuando llegaba del sur bordeando la costa arenosa con su vuelo saltarín y se detenía sobre el tanque de agua al lado de la casa, se ponía a escuchar las historias que le contaba el sol naciente a su amiga la mar. Historias de su paso por el otro lado del mundo mientras la mar dormía.
Marina no cantaba como el vecino gallo de pelea de mi amigo Chogollo, o como lo hace la mayoría de las aves al amanecer buscando compañía. Nunca supe si era porque le gustaba la soledad o tal vez simplemente por ser una oyente empedernida. En todo caso, en los diez días que me estuvo visitando jamás le escuché una sola nota.
Al poco tiempo, saltaba a tierra y se paseaba a pequeños saltitos y caminatas cortas delante de mí que la contemplaba mientras tomaba el café mañanero sentado al borde de la casa. No estaba apurada por comer. Solo disfrutaba la arena y la corta grama fresca que le quitaba el agarrotamiento de sus patitas, endurecidas por el agarre nocturno a la recia rama de cují que le servía de cuna.
Se hacía la desentendida con los granos de arroz cocido que yo le arrojaba y poco tiempo después, miraba con altivez y cierto desprecio a las palomas caseras que llegaban a disputarse ese mismo arroz. Esas palomas eran para ella extranjeras y tontas. Solo estaban pendientes de donde habían turistas para engullir cualquier trozo de comida que cayese y eran incapaces de sentirse a ese mundo entre marinero y campestre. Seguirían segun ella, siendo eternas mendigos.
A los gorriones los evitaba, eran extranjeros astutos que siempre andaban en bandada y a pesar de sentirse superior en fuerza y destreza, discutir con uno era discutir con la bandada. A ellos sin embargo, les concedía su benevolencia porque al fin y al cabo, tenían a sus crías en la cercanía y mal que bien, esos descendientes terminaban rompiendo su paisaje de monotonías.
Las demás aves, generalmente marinas, eran para ella pinturas móviles en su eterno techo de azules.
Hacía su recorrido por la tierra, meticulosamente. Buscaba semillitas y no despreciaba los pequeños insectos que no alcanzaban a ocultarse de su mirada penetrante y al mediodía, justo después del almuerzo y cuando me retiraba a tomar una siesta, Marina entraba a la casa a revisar las cercanías de la mesa a ver que había comestible. Ella no sabía que yo me ocultaba para espiarla en sus andanzas.
Iba siempre cara al viento, excepto quizás al atardecer cuando el viento arreciaba un tanto y sucedía entonces que jugaba a ser un mimo. Se ponía de lado y su cola, normalmente derecha con su cuerpo, se doblaba hacia un costado impulsada por la brisa y se ponía a perseguirla, como hacía mi perro Chico con su rabo. Nunca sabré si pensaba que era otra paraulata a quién perseguía o era tan solo el placer de tratar de alcanzar lo inalcanzable.
Contrario a los enamorados, no le gustaban los ocasos que le apagaban sus azules y sus verdes. Se iba a dormir como los niños con desgano.
Rumbo a su cují, creo que suspiraba en silencio...Seguiría esperando su momento de cantar.
miércoles, 9 de septiembre de 2015
No quiero preguntarlo
No se donde naciste
en mi corazón peregrino.
Tampoco cuando
nació en tu corazón.
No quiero preguntarlo
porque quiero celebrar
tu cumpleaños
todos los días , cada segundo.
No se como entraste
por la puerta de mi vida.
No se como entré
revoloteando mariposas.
No quiero preguntarlo.
No vaya a ser que escapen
pidiendo libertad.
No se mirarte
sin sentirme bendecido.
No se como tu mirada
me ilumina como el sol.
No quiero preguntarlo.
No lo quiero celoso
negándome a su día.
No se hablarte
sin sentirme tartamudo.
No se como tu voz
le coquetea al viento.
No quiero preguntarlo.
Adoro esos torbellinos
de voz, niña, mujer.
No se nada de tí
y sin embargo.
No quiero preguntarlo
porque nada en tu pasado
me alejará de tí.
martes, 8 de septiembre de 2015
Solo un poquito
Me dueles,
pero solo un poquito.
Aprendí que el estar
no siempre es presencia
y que el no estar
define la ausencia.
Mientras en mi memoria
juegue la luna a no mostrarse,
llamándose luna nueva,
escondiéndose de mí,
contándome de tí.
Mientras recuerde la ola
que pintó de arcoiris
el reflejo de tu cabello,
en la poza de la mar
de mis querencias.
Mientras aun escuche
el amorío de los chorlos,
mirándonos sin vernos,
entre la lluvia pasajera,
arropados por la noche.
Mientras la piel se me erice
recordando aquella arena
con tus huellas marcadas,
ocultadas por mis pasos,
buscando espirulinas.
Se que la ausencia
solo es ausencia
si se vuelve un olvido.
Cada noche, cada día
Mis amaneceres son un traje
que me hago a la medida,
cada día.
Mis atardeceres son golondrinas,
que como ellas haciendo primaveras,
los mios, hacen sueños,
cada noche.
Mis lunas no crecen ni decrecen,
solo tienen sonrisas diferentes,
todas de azucena y de marfil,
cada noche.
Mi mar no habla por los rugidos
de sus olas, con el coral de la orilla,
solo lo besa para mí
cada día.
Mi arena se burla de la mar y de su viento
saltando gozosa entre mis dedos
en mi caminar ausente de tristezas,
cada noche.
Y aquella barca que sale con la noche,
esfumando su reflejo en lejanía,
traerá sus marinos, si Dios quiere,
cada día.
Así es mi vida ahora sin apremios,
sin corajes, sin censuras, sin derrotas;
sin ausencias de amores,
cada noche,
cada día
lunes, 7 de septiembre de 2015
Soy compañía
Me creen loco porque sienten
que estoy solo,
cuando en realidad soy compañía.
Cuando la noche atormenta mis ideas
con recuerdos disfrazados de nostalgia,
salgo al frente
a sentarme en la arena,
con ese silencio que solo está en mi memoria.
Suavemente,
y mientras mis pupilas se agrandan
percibo al perfil, el cruzar cansino de Frescura,
el burro que llega a visitarme
buscando su ración de agua que puntual le dejo.
Chico,
el perro que me adoptó,
gruñe sin mucho esfuerzo;
es aun un cachorro.
Miro al cielo y no tardo en percibir
la estrella fugaz que por ser primeriza,
no alcanzo a pedirle un deseo.
Estaré pendiente de la siguiente
a la que pediré un deseo inútil.
Al son del murmullo marino,
compongo una canción de tarareo
a la que se une en melodía
la brisa marina,
y siento que se une a esa canción,
el cantar de un grillo solitario
que callará según sus sospechas
y cantará según sus amores.
Soy compañía.
Me duermo como un niño
soñando con sus juguetes,
que para mí son pensamientos
que ahora me arrancan sonrisas.
Despertaré oscuro
solo para ver el sonreir de un nuevo día,
y sonreiré con él.
Será mi nuevo juguete del Dia de Reyes;
porque todos mis dias
son Dia de Reyes.
Soy compañía.
domingo, 12 de enero de 2014
Un mundo en rufo
No necesitas un azul cuando el cielo no es tu techo en tus muy cortos vuelos o el mar no deja sus murmullos en tus oídos por vivir en su lejanía.
No necesitas el verde de las praderas frescas porque no eres amigo de las vastedades ni de mantenerte entre las brillantes y nuevas hojas de las copas de los árboles.
Tu mundo es rufo como las hojas cuando están muriendo y ofrecen su verde al olvido. Tu mundo es castaño como la tierra con sus tapices de hojas muertas. Es terracota como la arcilla expuesta que queda como huella del agua que por allí pasó. Tienes los grises de las espinas y las cortezas con sus pliegues y repliegues que esconden como una gran alacena tu comida favorita. Y es que además sospecho que los insectos de tu dieta son insensibles a los rojos e infrarrojos.
Así es el mundo de esta hermosa familia llamada Troglodita, imagino que por sus hermosos nidos; globosos, con entradas retorcidas, en forma de caverna y grandes para el tamaño de estas avecillas.
Unas veintiséis especies tiene la familia de los cucaracheros en nuestro País y en ninguna de ellas está presente el amarillo, el verde o el azul.
Les dejo en mi foto un ejemplar de cucarachero rojizo (Thryothorus rufalbus). No muy común de ver y menos de fotografiar.
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Mundo de aves
viernes, 10 de enero de 2014
Momentos de magia
El sendero por donde subía hacia la cumbre se presentaba silencioso. A medida que dejaba la espesura de la selva, podía escuchar en la lejanía cantos reconocibles.
Justo cuando estoy por llegar a un claro en la cima, veo el baile a contraluz de una pareja de azulejos de palmera sobre la rama de un yagrumo. A su lado, y en otra rama cercana, otra pareja de azulejos de jardín hacían lo mismo acompañados de sus melodiosos trinos.
Sigo avanzando y justo cuando estoy muy cerca de un frondoso naranjo, un estrépito de cantos reventaron en sinfonía. Otros azulejos se sumaron a la algarabía. Los chocolateros, sumados a la fiesta, brincaban en los alrededores del naranjo. El melodioso canto de varios cucaracheros comunes, con sus eléctricos movimientos en la espesura de la frondosa copa, contribuían al escándalo. Un ermitaño limpiacasa batía sus alas con fuerza y con ruido como reclamando las flores de azahar de su espacio y en el lado opuesto, el colibrí grande colinegro lo imitaba en sus reclamos. No muy lejos de la copa, una pareja de atrapamoscas se mostraban sus amarillas crestas y su repetitivo y reconocible canto: ¡Cristofué!. ¡Cristofué!.
Entre todos los pájaros presentes, dos de ellos llamaron mi atención porque jamás los había visto y a ellos dediqué mi atención para fotografiarlos. Uno de esos pájaros es el presente cucarachero pechicastaño de la foto.
En unos dos minutos todo terminó y todas las aves presentes desaparecieron dejando a la selva con su antiguo silencio.
Yo tardé un poco en hacer el símil con ese cumpleañero que entra en su casa silenciosa y solitaria y de repente, de cualquier espacio para ocultarse, sale la multitud de tus amigos gritando al unísono: ¡Feliz Cumpleaños!.
Ese fue uno de mis mejores regalos de este cumpleaños porque seguro y convencido estoy que de alguna manera, mis pequeños amigos alados se pusieron de acuerdo para celebrármelo regalándome ese momento de magia.
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