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domingo, 2 de junio de 2013

Nido de musgo


No tiene seda como el colibrí, ni hilos tejidos de paja seca con olor a verano como el arrendajo...Solo musgo.
En su humilde pesebre; en el hueco herrumbroso de una tubería de desagüe de un rancho en decadencia, las diminutas crias del Chachaquito tendrán como manta, el dorado de las plumas del vientre de su madre y su primer cielo, serán los azules reflejos del dorso de sus padres.
Eso también es nacer en cuna de oro.
 

Azulejo golondrina


El se bañó de cielo en las coralinas aguas del Caribe, con su cara bajo el ala para no dejársela tocar por el blanco salitre.
Ella se vistió de reflejos de luz solar bajo los moriches en las sabanas del llano.
Él esperó la noche para pintarse el vientre con reflejos de blanco lunar.
Ella se maquilló bajo el pecho con reflejos de luciérnagas en novilunio.
¡Así se enamoraron!...¡Contándose historias de colores!.
 

domingo, 25 de noviembre de 2012

A mi Mar en Mangle Lloroso

Hay un lugar de la costa venezolana de díficil ubicación y mal acceso, muy cercano del Cabo San Roman conocido con el nombre de Mangle Lloroso.
En ese desierto que besa la orilla marinera, se encuentra un centenario árbol de mangle que destaca por su soledad.
Su apodo de Lloroso se debe a que en sus noches, el mangle se deshace  de la sal que absorbe durante el dia a través de sus hojas y en las mañanas, al aumentar la temperatura y convertir la humedad en rocio, el mangle llora lágrimas de sal.


En cierto lugar de mi Mangle Lloroso,
mi escondite, mi refugio de arenas blanquecinas,
de troncos, hierba seca y piedras coralinas,
me encuentro con mi amada, la mar y estoy celoso
del viento que eterno y rasante lo acompaña;
en la noche cuando arrulla con su canto delicioso
al mangle solitario que la mira en la mañana
con un suave ronroneo, con susurros misteriosos
como hablan los amantes con su cara muy cercana.
....
Camino a tu encuentro.
A sentarme en el borde inmenso de tu falda
y ya no estoy solo.
....
La luna en cuarto creciente,
partida por la mitad,
me da luminosidad
para verte sonriente,
y cercano de tu orilla
con el frio entre los dedos
tu resuelves mis enredos
sembrando en mí tu semilla
de amor entre los luceros.
Me haces sentir humano,
me recuerdas mis historias
revolviendo mis memorias
de niño, adulto y anciano;
sintiéndome tan cercano
hacia tí, mi Madre Mar
¿Como te puedo olvidar?
si junto al cielo, tu hermano,
tu me vuelves ciudadano
de un mundo de libertad.

 

miércoles, 17 de octubre de 2012

GUARUGUARO


Hace muchos años que quería conocer el lugar y por diversas razones y circunstancias no había podido ir.
Del lugar solo sabía dos cosas…que allí se hacía el mejor carbón del Zulia y que justo allí también había nacido un buen amigo mio.
Después de llegar a Quisiro, tomé rumbo a la playa de Oribor y a medio camino, justo antes de comenzar los enormes cajones de las camaroneras hoy desoladas y sin agua, crucé a la derecha con rumbo a San Felix en el Estado Falcón (Por indicaciones del baquiano con quien andaba), por una trocha que cada vez tenía menos verdes y mas amarillos, marrones y ocres de una tierra que le niega el verdor a cualquier ser vegetal.
Rodé siguiendo el rumbo de una huella antigua de algún vehículo que otrora pasó y cuya huella desaparecía por ratos y volvía a aparecer allí en dónde el viento y el agua no habían podido borrarla.
 Así seguí guiándome por el baquiano y un gps que no reconocía nada salvo un rumbo sudeste. De pronto, a lo lejos, tras el desierto continuo, algo elevado rompía la monotonía del horizonte, transformándose con la cercanía en un poste de luz. El último poste de luz de un circuito asomado a la nada.
Entrando a una zona escasamente vegetal, podían verse los montículos de palos apilados a la orilla de la trocha. Según el baquiano, estábamos en presencia de las “minas de carbón”…
No se confundan pero por esos lados llaman “minas de carbón”, al carbón que producen los habitantes de la zona haciendo uso de los palos de los pocos cujíes que sobreviven a esas inclemencias y que poco a poco van desapareciendo vencidos por el hacha artera y dando paso a un desierto que cada vez más se regodea en sus amplitudes.
Así entré en Guaruguaro…por su lado más difícil..por donde nadie camina y por donde los pocos habitantes del lugar no esperan a nadie.
Una docena de casas tal vez, es toda la posesión y todo el orgullo del nombre de una aldea en el medio de una soledad de espanto. Una capilla humilde, contrasta su color amarillo con las casitas que la rodean y que intentan mantener su maculado blanco, siempre roto por las brisas ocres del nordeste.
Avanzo hacia ella; paso por su lado y sigo de largo. No dejo de pensar en mi amigo en sus tiempos de chiquillo, en una cuna, quizás de la misma madera que hoy se extingue y en un último poste de luz que seguramente es un faro en la noche para los perdidos; frente a una mar que conversa en susurros de lejanía y frente a un horizonte de olvidos